viernes, agosto 07, 2009




LO LIBRE DE CATÒIA

Esta entrada no contiene ningún vídeo.

Está dedicada a mi amigo Ferrán, ya que me comentaba en mi anterior entrada que pensaba que el occitano tenía más puntos de contacto con el catalán y que veía, sin embargo, que tenía muchas influencias italianas.

No sé. Puntos de contacto con el catalán, los tiene y también muchas palabras que recuerdan al italiano, aunque todo depende del dialecto.

Aquí, os presento el primer capítulo de una novela escrita en occitano, languedociano. Como el autor falleció en 1975, no se han cumplido los setenta años y pico necesarios para que su obra pueda ser de propiedad pública. Pero, como uno es muy impaciente y maldita la gana que tiene de esperarse otros cuarenta años y, además, teniendo en cuenta que está escrita en una lengua muy minoritaria y hablada en un Estado centralista hasta la exasperación y que, seguramente, las editoriales serán bastante renuentes a publicar la novela en su lengua original ya que "no hacen negocio", me he permitido la libertad de dar a conocer a los amigos que visitan mi blog, y a todo el que se acerque con buenas intenciones el primer capítulo de esta historia. Por supuesto, asumo todas la responsabilidades legales.

Pero, antes, me gustaría que leyérais un artículo de la Vanguardia publicado en el año 1973 que he obtenido de una hemoroteca de Internet:

JUEVES, 20 DE DICIEMBRE 1973

UNA NOVELA OCCITANA

Catoia l’enfarinat V

de Joan Bodón. Barcelona, Club Editor, «El Club dels Novelistes», 1973.

Si hace siglos la historia hubiese tomado otros rumbos, hombres como Marot, Jammes y Valéry, como Zola, Daudet y Mauriac, como Montaigne y Montesquieu, entre tantos otros, quizá no hubiesen escrito en francés, sino en la lengua de su tierra natal, alguna variante del occitano. Y, ya en la pendiente de la ucronía literaria,

si a mediados del siglo XVIII un joven pastor llamado Balssá no hubiese abandonado su aldea de la región albigense para acabar haciendo carrera en París, su hijo, más conocido por Honoré de Balzac, tampoco hubiera llegado a ser un gran capítulo de la literatura francesa.

El caso de Balzac viene a cuento porque Bodón es uno de sus descendientes por vía colateral, su apellido materno es Balssá; pero no escribe en francés, sino en, occitano, una lengua arrinconada y dominada por el inmenso prestigio de la obra, la que cultivaron los hijos más ilustres de las tierras meridionales. Pese a lo

cual «Catoia l'enfarinat» empieza simbólicamente con una afirmación de identidad: «Sí, soy Catoia». Y este «sí», en lo que fue la antigua lengua de los trovadores, es oc, la palabra que da nombre e identifica a toda una cultura. El protagonista abre el relato diciéndonos quién es con un adverbio que es signo y bandera.

«Catoia l'enfarinat» (1966), que ha prolongado y traducido al catalán Artur Quintana, trata de la desaparición de una comunidad, la llamada «Pequeña Iglesia», que tuvo su origen en los clérigos refractarios que se negaron a firmar la Constitución Civil del Clero de 1790, y que, aun después de resolverse el problema entre el Estado y el Papa, subsistió, aunque extinguiéndose lentamente, separada de Roma y muy pronto sin pastores ni culto. El Catoia de la novela es, en pleno siglo XX, el último residuo, solitario e inadaptado, de esta lucha por algo que ya es mucho más que el eco de una antiquísima controversia político-religiosa, que es una manera de ser condenada a la desaparición.

Conocemos a una familia que es un trozo de pasado sin futuro posible; objeto de la mofa de todos, se llaman «católicos» (de ahí el mote de catoia), pero no pueden ir a misa ni comulgar por no recibir la comunión de manos de «cismáticos»; su casa es su iglesia, y allí rezan con una fe ilimitada, pero sin sacramentos y sin sacerdotes, solos con ese Dios al que preguntan angustiadamente hasta cuándo durará la hora de la tribulación. Un Dios ausente, porque el copón está vacío, sin hostias consagradas desde hace tiempo, pese a lo cual ante él se asiste a una misa sin celebrante ni consagración. Símbolo de lo que se creerá hasta morir, pero que se ha perdido para siempre.

La diminuta comunidad de «católicos» fervorosos y tenaces no ha olvidado nada de su vida anterior a la Revolución, y continúan empolvándose los cabellos con harina (por eso les llaman también «enfarinats»), siguiendo la costumbre, convertida en rito diferencial, del Antiguo Régimen. Pero esos patéticos robinsones están desligados de la marcha de los tiempos, son historia inmóvil, y al

final, un anciano y un niño, los seres más desvalidos, quedan solos ante el mundo entero que les es hostil, solos con su verdad, que no es la verdad de nadie más. Y tras la muerte del abuelo el joven Catoia tiene que incorporarse a la vida común, en la que se pierde.

Bodón, en una novela muy escueta, sin ningún comentario, ha querido evitar los paralelismos fáciles que acuden en seguida a la mente de todos. Sin duda, el libro jamás se hubiera escrito de no darse la situación histórica que permite relacionar a Catoia y a los suyos con la Occitania actual, y a los «cismáticos» con los meridionales asimilados a la cultura francesa, la triunfante. Pero Catoia es también la intransigente lealtad a uno mismo ante los cambios —forzosos muchas veces, imposibles de evitar, de ahí el dramatismo de lo que, se nos narra— que impone, la historia. No renegar equivale aquí a aceptar la condición de náufrago del pasado.

Ser uno mismo, no hacer concesiones y condenarse a la esterilidad, a la extinción, o incorporarse a la mayoría, perder nuestra esencia, lo que nos identifica y nos da sentido. Renunciar a lo que somos y a cómo nos han hecho, o integrarse en un conjunto que nos diluye, que sentirnos como extraño. La novela, que empieza con una afirmación de identidad, termina con la mansa tristeza de una derrota aceptada. El último Catoia, que ha dejado apagar el fuego sagrado —el fuego del hogar que su abuelo nunca permitía que se apagase, que cada mañana volvía a encender con el rescoldo del día anterior— ya no es Catoia, sino un ciudadano más, un ser anónimo en medio de la gran masa igualada, indiferenciada.

Bodón, después de elegir muy bien su tema, ha rehuido con tacto todos los efectismos que la. situación le brindaba tentadoramente; la novela no contiene propaganda, no hace ningún alegato; tampoco es idílica, ni folklórica, ni de tremebundas pasiones rurales. Son unas páginas muy sencillas —a veces diríase que demasiado, porque no siempre se exprimen bien las posibilidades del tema—,

bien narradas, de una gran emoción, y que resumen un drama contado en occitano pero que es de todos; porque quizá cada hombre consciente puede llegar a sentirse minoría asfixiada, acorralada y condenada al dilema de renunciar a sí mismo o extinguirse en la soledad.

Carlos PUJOL

Y AHORA VIENE EL PRIMER CAPÍTULO DE "LO LIBRE DE CATÒIA"

(No lo he traducido. Creo que se entiende bastante bien, sobre todo para el que sepa catalán. Aquí, se nos cuenta cómo una madre lleva a su hijo a la escuela y cómo sus compañeros se burlan de él por ser diferente. Después de esto, se refugia, llorando en los brazos de su madre que lo lleva a casa llena de rabia y de tristeza y les dice al padre del niño y al abuelo ("lo pepin",) que ya no puede más que quiere marcharse a un país en el que nadie los conozca... Pero, no quiero continuar, que vais a decir que soy de los que cuentan la película antes de que la vean los demás.)

CATOIA
 
Òc, soi Catòia. Catòia l'Enfarinat. 
 
      Jamai soi pas estat coma los autres. 
Jamai. Perque soi Catòia. E tanben perque soi Enfarinat.
 
 A Sant-Genièis degun sap pas que soi Catòia. Degun sap pas que soi Enfarinat. Mas ieu o sabi. Ieu Amans, Baptista, Blasi Codomièr. 
Codomièr soi a Sant-Genièis. Encara mai Amans. E m'agrada d'èsser Amans. Sant Amans primièr avesque de Rodés... 
 
Al meu païs la miá maire m'apelava Mançon. Me coneissiái pas d'autre nom: Mançon. 
 
  Mas quand anèri a l'escòla. La miá maire m'auriá volgut metre a l'escòla per Pascas. Lo mèstre me volguèt pas. Calguèt esperar lo mes d'octòbre: un temps de davalada, un jorn de vent d'autan e de castanhas.
 
   A Sant-Genièis coneisson pas lo vent d'autan. Al meu païs lo Segalar... 
 
  La miá maire me carguèt la blodeta negra tota nòva. Me donèt la saqueta amb tres chaudèls banuts dedins. Me prenguèt per la man. 
 
    Dins la cort de l'escòla tanlèu nos veire arribar los autres enfants quitèron de s'amusar. E nos agachavan. Ieu sarravi las mans de la miá mamà.
 
    Anèrem trobar lo mèstre al seu burèu per escriure lo meu nom sus sabi quines registres. 
 
    Lo meu nom... A ! lo meu nom. 
 
  La miá maire me daissèt dins la cort sens gausar me potonejar. Los autres nos agachavan. Me teniái contra la paret, la saqueta dels chaudèls jol braç. La miá maire se n'èra anada. 
 
             “Catòia.. Catòia lo pichon... Catòia...” 
  Qual cridèt lo primièr ? Totes los enfants èran aquí que m'enrodavan e me guinhavan del det: 
 
                            « Catòia... » 
 Compreniái pas encara qual èra Catòia. Del meu det pichon los guinhèri tanben. E cridèri coma eles: 
 
                                 « Catòia...» 
 
Piquèron de las mans totes. Sautèron coma de falords. 
 Se sarrèron encara mai de ieu. 
 
 « Catòia. Catòia... Lo Catoion... “
 
E me quitèron lo berret de sul cap. Lo me getèron enlà. Me tirèron la saqueta dels chaudèls banuts per la far sautar a còps de pès... 
 
Alara comprenguèri ieu. Èri ieu Catòia. Mas perqué èri ieu Catòia ? Me virèri contra la paret e plorèri. 
 
Lo mèstre venguèt ben per me consolar. Mas consí me portariá solaç, el ? Èri Catòia... 
 
Quand sortiguèrem a onze oras, la miá maire m'esperava al canton de la cort. Anèri a ela los uèlhs confles, sens poder parlar, aufegat de glops.
 
 Me potonegèt e mai los autres nos agachèssen que passavan en se trufant.
 
        « T’agradas pas a l’escòla ? me demandèt ela. Mas de qué as, paure Mançon ?
 
-         Catoia… brentonegèri ieu. Catòia… »
 
Alara, ela, de me prene a bèl braçat e de me portar a l’ ostal coma un nenon.
  
   Et sonèt lo meu paire, tanlèu arribar, e lo pepin vièlh. Cridava, la mia maire, e me sarrava amb encara pus de vam.
 
  “Partirai d’aici, bramava. Partirai sola se cal! Dins un païs que degun nos conesca pas…”
 
  Lo meu paire se calava. Lo pepin vièlh quitèt lo capèl: Aquel pel blanc, tan long sus las espatlas. Doçament lo pepin parlèt:
 
     « Soven-te, Femna,  e tu tamben, Amanç: per tant que patiscatz, Nòstre Sènher a mai patit… »
 
       Lo pepin se senhèt. Nosautres amb el.
  Puèi tornèt pausar son capèl sus son pel d’enfarinat…
 
     


1 comentario:

Gloria dijo...

Ya que se lo dedicas a Ferrán que te lo comente él, sobre todo que de estos idiomas no sé nada, querido amigo espero tu próxima canción, elige tú!! tienes muy buen gusto! besooss Gloria


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