martes, agosto 24, 2010

LAS PALABRAS DE UN CONVERSO
Giovanni Papini fue, al principio, un ateo acérrimo. Después se convirtió al cristianismo y escribió "Historia de Cristo", una de las defensas más apasionadas que se han escrito de Jesús.
Aquí tenéis el principio de la introducción de su obra:

El autor, al que leyere.

En los últimos cincuenta años, quienes se autodenominan “espíritus libres” porque han desertado del ejército del Ergástulo, andan como locos intentando asesinar a Jesús por segunda vez: asesinarlo en el corazón de los hombres.

En cuanto les pareció que llegaba a los últimos estertores esta segunda agonía de Jesús, dieron un paso al frente los necróforos. Búfalos presuntuosos que habían asaltado las bibliotecas como si fueran establos, cerebros aerostáticos que subiendo en el globo de la filosofía les parecía tocar el cielo con las manos, profesores estimulados por fatales embriagueces de filología y metafísica, se armaron contra la Cruz, al grito de: ¡lo quiere el hombre! Algunos frívolos revoloteadores intentaron convencer, con tal fantasía que ruborizaría a la famosa Radcliffe, que la historia de los Evangelios es una leyenda que sólo podría dar pie para reconstruir una vida puramente natural de Jesús, compuesto por una tercera parte de profeta, otra de nigromante y otra de embaucador. Jesús no habría obrado milagros, a no ser la curación hipnótica de algún desequilibrado; ni habría muerto en la cruz; sino que despertó del sueño en el frío del sepulcro y se presentó con aires de misterio para convencer de que había resucitado. Otros intentaban demostrar, casi matemáticamente, que Jesús fue un mito creado en tiempos de Augusto y de Tiberio, y que los Evangelios no pasan de ser un burdo mosaico de textos proféticos. Hay algunos que presentan a Jesús como un buen hombre, formado en la escuela de los griegos y de los budistas de los esenios, pero tan exaltado y tan fantasioso, que hilvanó como pudo unos plagios para hacerse creer el Mesías de Israel. Para otros, Jesús fue un obsesivo humanitario, precursor de Rousseau y de la democracia; un hombre que para su tiempo era excelente, pero que hoy habría que llevar a la consulta de un psiquiatra. Finalmente, para terminar de una vez, hay quienes acudieron a la idea del mito y, manejando almanaques y comparaciones, llegaron a la conclusión de que Jesús jamás nació en ningún lugar del mundo.

Entonces ¿quién iba a ocupar el vacío que dejaba el gran desahuciado? Aunque la fosa era cada día más profunda, sin embargo no conseguían enterrarlo completamente.

Y aparece una banda de fanfarrones y pintureros del espíritu, dispuestos a fabricar religiones para el consumo de los irreligiosos. Durante todo el siglo XVIII las sacaron de horno a pares y por medias docenas. La religión de la Verdad, del Espíritu, del Proletariado, del Héroe, de la Humanidad, de la Patria, del Imperio, de la Razón, de la Belleza, de la Naturaleza, de la Solidaridad, de la Antigüedad, de la Energía, de la Paz, del Dolor, de la Piedad, del Yo, del Futuro, y así sucesivamente. Algunas no eran sino refundiciones de un Cristianismo desmochado y deshuesado, de un Cristianismo sin Dios; las más eran políticas o filosóficas, que intentaban trocarse en místicas. Pero eran pocos los fieles y flaco su entusiamso. Aquellas heladas abstracciones, aunque sostenidas a veces por intereses sociales o por pasiones literarias, no llenaban los corazones de que se había querido desarraigar a Jesús.

Se intentó entonces barajar simulacros de religiones que tuviesen algo mejor que las otras, lo que los hombres buscan en la religión. Los Francmasones, los Espiritistas, los Teósofos, los Ocultistas, los Cientifistas, creyeron haber iencontrado el sustitutivo infalible del Cristianismo. Pero estas mezcolanzas de mohosas supersticiones y de cabalística cariada; estos guisados de insípido racionalismo y de ciencia fracasada, de simbolismo simiesco y de humanitarismo avinagrado; estos zurcidos mal hechos de budismo de exportación y de Cristianismo traicionado, contentaron a unos miles de mujeres ociosas, de asnos en dos pies, de condensadores de vacío y pare usted de contar.

Mientras, se estaba preparando un nuevo Anticristo, entre un presbiterio alemán y una cátedra suiza. “Jesús ha mortificado a los hombres – dijo el tal, descendiente de los Alpes al sol -; el pecado es hermoso; es bella la violencia; es bello todo lo que halaga la vida; Y Zaratustra, después de arrojar al Mediterráneo los textos griegos de Leipzig y los libros de Maquiavelo, inició una danza a los pies de una estatua de Dionisio, con la gracia que puede tener un alemán hijo de un pastor luterano, y que acababa de llegar de una cátedra helvética. Sin embargo, aunque sus cantos eran dulces al oído, jamás logró explicar qué es esa adorable Vida a la que pretendía sacrificar un elemento tan vivo en el hombre como es la necesidad de domar los propios instintos de bestia. Ni pudo demostrar que Cristo, el verdadero Cristo del Evangelio, se opone a la vida, precisamente Él, que vino a hacerla más elevada y más dichosa. Y el pobre Anticristo, ya rayando la locura, estampó la firma a su última carta: “El Crucificado”.


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Soy cristiano. Creo en Dios.

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La Virgen de las Maravillas; Patrona de Cehegín

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Talla del siglo XVIII; de mano del escultor napolitano, Nicolas Fumo

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